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8.- La energía, clave de la guerra

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8.- La energía, clave de la guerra

          En el verano de 1982 los Estados Unidos de América amenazaban abiertamente a Europa si continuaba sus planes de recibir gas de Siberia a través de un gasoducto. Esa tensión aumentó cuando varios países europeos se negaron a renunciar a ese suministro de gas barato, seguro, poco contaminante  e imprescindible para sus industrias y hogares. La respuesta de los EE.UU. fue pasar a la política de los hechos, saboteándolo mediante un acto terrorista organizado por la CIA.

          Esa situación puede parecer semejante a la actual; pero existe una gran diferencia, ya que en aquel momento, una parte importante de la clase política y empresarial europea denunció el intento de sometimiento de los Estados Unidos y se decantaba por no aceptar sus imposiciones. En el editorial del periódico El País del 22 de agosto 1982 se podía leer: Reagan lleva adelante la guerra del gasoducto contra la URSS, esto es, lleva adelante su guerra contra Francia, el Reino Unido y la República Federal de Alemania; más adelante continúa: su sentido de la unanimidad consiste en aceptar la dependencia económica de Estados Unidos, añadiendo que parte del ahogo europeo viene directamente de Estados Unidos. La editorial continua en el mismo tono hasta el final.

          Conviene recordar que, en ese momento, Europa se enfrentaba a la instalación de misiles nucleares estadounidenses de alcance medio. Las manifestaciones en contra fueron masivas en toda Centroeuropa y la tensión generada provocó la caída del gobierno alemán.

          Desde entonces, varias líneas de suministro de gas conectaron la actual Federación Rusa con Europa. No eran simples acuerdos comerciales: suponían un vínculo bajo el criterio de compartir el mismo continente euroasiático, que ofrece la posibilidad de un equilibrio en favor del bien común.

          Europa es mayoritariamente deficitaria en energía: tan solo Noruega y el Reino Unido disponen de recursos propios; el resto requieren inmensas cantidades de gas para abastecer sus industrias y hogares y Rusia dispone sobradamente de esos recursos. No puede extrañar que se formaran consorcios con socios europeos y rusos para llevar a cabo los proyectos.

          Esa complementariedad fue la que planteaba de una manera racional el suministro de gas ruso a Europa, poniendo en marcha grandes sistemas de abastecimiento, fundamentalmente gasoductos que han unido Rusia con Europa; el último de ellos, el Nord Stream 2, se terminó en septiembre de 2021, después de 2 años de retraso debido a los continuos boicots políticos y económicos de los Estados Unidos, sancionando a las empresas europeas que participaban en su construcción.

          En septiembre de 2021, terminado el gasoducto, su puesta en servicio dependía de un dictamen por parte de Alemania y de la UE. Puro trámite, ya que las empresas europeas eran copartícipes y corresponsables de las obras. El dictamen no se llegó a otorgar por imposición explícita de los EE.UU.

          Esa decisión, cinco meses antes de que comenzaran las acciones militares rusas en Ucrania, se tomó sin que existieran garantías de un suministro alternativo equivalente, poniendo en grave riesgo la economía, la industria europea y las condiciones de vida de su población. Tampoco se hizo ninguna consulta que otorgara legitimidad a estas decisiones. Europa tendría que explicar por qué se entrego en cuerpo y alma al águila americana.

          En noviembre de 2022 el North Stream 1 y el North Stream 2 fueron volados conjuntamente en el mar Báltico, una reedición del sabotaje de 1982, una forma drástica e irreversible de desconectar a Europa de Rusia.

          Si para Europa supone riesgos y costos, la alternativa del gas de esquisto estadounidense para este país supone un inmenso negocio. Ese gas se obtiene con una técnica de fracturación de la roca profunda por medio de agua a alta presión.

          El gas es licuado, transportado a la costa, embarcado, recorrerá miles de kilómetros, volverá a ser gasificado y distribuido en Europa, con enormes costes añadidos.

          No es su único problema: el agua de fracturación llega a los 30 millones de litros por pozo y no es recuperable porque contiene aditivos químicos altamente tóxicos que contaminan los terrenos circundantes y los acuíferos. Las fugas de gas, especialmente el metano, tienen gran efecto sobre la capa de ozono. Además, la extracción libera radón, contaminante radioactivo. También provoca temblores sísmicos.

          Europa tendrá el honor de haber contribuido decisivamente a la contaminación, la depredación del agua y al efecto invernadero en el planeta.

          Sus aspectos positivos son sencillos y explícitos; dinamiza la economía, atrae inversiones y es un excelente negocio, sobre todo si consigues una demanda cautiva. Pero Estados Unidos no solo logra hacer un negocio y reflotar su industria, sino que consigue someter económica y energéticamente a Europa con el mismo objetivo que le llevó a oponerse a ese suministro en 1982.

          Ucrania no se queda al margen: acostumbrada a depredar y extorsionar con el gas ruso que pasa por su territorio, ha reclamado insistentemente la desaparición de la ruta del Báltico porque amenazaba su negocio con el gas ruso.

          Este es un ejemplo brillante de hasta dónde puede llegar Estados Unidos para desvincular Europa de Rusia y debilitar a este país. Un proyecto racional y equilibrado es sustituido a la fuerza por otro irracional y altamente costoso y contaminante. Cualquier cosa con tal de que conduzca a la derrota de Rusia, al derrocamiento de su gobierno y su fraccionamiento en múltiples estados fácilmente controlables o sometidos.

          Si el guion  es idéntico al de 1982, queda claro que Europa ya no es la misma, que acepta y se somete a cualquier dictado de los Estados Unidos por más absurdo e irracional que parezca, incluida su propia inmolación.

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