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RESOLUCIÓN DEL ENCUENTRO DE LA COORDINACIÓN ESTATAL CONTRA LA OTAN Y LAS BASES MADRID, 10 DE JUNIO DE 2023

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RESOLUCIÓN DEL ENCUENTRO DE LA COORDINACIÓN ESTATAL CONTRA LA OTAN Y LAS BASES  MADRID, 10 DE JUNIO DE 2023

Cada pocas semanas, a veces tan solo días, surgen nuevos acontecimientos que suponen cambios importantes, tanto por su magnitud como por su contenido. No se apartan de la lógica que conocemos, no cambian nuestra perspectiva, sino que la reafirman, pero hacen cada vez más difícil nuestra comunicación con la sociedad, incluso con la militancia más cercana, ya que cada acontecimiento está acompañado de una renovada descarga de propaganda toxica.

Somos conscientes de que estamos en minoría y situados a contracorriente de una ideología que aliena y enajena a una buena parte de la población. Es difícil abrir brecha en esa atmósfera tóxica en la que impera la irracionalidad y el dogmatismo de la era postmoderna.

Podemos señalar como algunos de los hechos más relevantes el atentado terrorista en San Petersburgo, siguiendo la vieja práctica terrorista de la red gladio de la OTAN; la detención del patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania para avivar el fanatismo religioso anti ruso; la incorporación de Finlandia a la OTAN, celebrada por su juvenil y socialdemócrata presidenta, liquidando décadas de coexistencia y los acuerdos que garantizaban la seguridad de ambos países, la previsible integración de la secular neutral Suecia o la decisión del neo imperio británico como suministrador a los nazis ucranianos de municiones de uranio empobrecido.

La respuesta rusa ha sido anunciar que situará misiles nucleares en Bielorrusia. Todo ello en el camino hacia una confrontación nuclear, a la que Occidente parece no renunciar.

La utilización de munición con uranio empobrecido supone una violación explicita de los tratados internacionales que prohíben su uso y un absoluto desprecio por la población ucraniana, que se verá afectada de por vida por la radiación que dejan esos proyectiles; sus consecuencias son de sobra conocidas en la ex-Yugoeslavia, en donde las empleó la OTAN. Nada de eso importa porque lo único importante es derrotar a Rusia sea al costo que sea, siempre que no lo paguen los anglosajones.

No es posible comprender tanta irracionalidad, sin preguntarse por qué se llega a esta situación; la respuesta está en las crisis simultáneas del sistema capitalista y de la hegemonía de los Estados Unidos.

Salir de la crisis sistémica del capitalismo requiere cambiar el modelo de acumulación, y para hacerlo, según sus intereses, es necesario dominar el mundo. Occidente y especialmente los Estados Unidos, se han construido en base a su hegemonía y su supervivencia depende de seguir manteniéndola.

La actual crisis, con recesiones, inflación, e incluso la quiebra de EE.UU., solventada una vez mas aumentando su deuda, no es el resultado de la pandemia del COVID, ni de la guerra en Ucrania como sostiene Occidente. Fue anunciada en 2019 por las grandes instituciones financieras mundiales (Banco Mundial, Reserva Federal y Banco Central Europeo) y la forma de afrontarla requiere profundos cambios que afectarán a las condiciones de vida y a la relación capital-trabajo, con la tecnología como motor del cambio. Todo ello para producir un vertiginoso crecimiento de la concentración de capital, la depauperización del Estado, la prevalencia de las grandes corporaciones y el control universal del capital a través de los fondos de inversiones.

Nada de esto se puede llevar a cabo sin el sometimiento de la población y el dominio de la toma de decisiones a nivel global. El COVID-19 permitió ensayar masivamente el disciplinamiento de la población, a la vez que se aseguraban ganancias milmillonarias a las grandes compañías farmacéuticas, lo que sucedió sin apenas encontrar resistencia. Los obscenos beneficios de sectores claves como las energéticas y la banca, o la existencia de 400 millones de “grandes Gastadores”, conviven con la extensión de la pobreza. El auge del fascismo y el nazismo y la guerra son las respuestas.

Desencadenar una guerra prevista y organizada desde hace décadas ha asegurado el fortalecimiento del complejo militar industrial y el reordenamiento del mercado de los combustibles fósiles en favor de Estados Unidos, con inmensas ganancias en ambos sectores. A día de hoy, en los dos casos se ha podido verificar la eficacia de la guerra cognitiva y su impacto sobre la población.

Rusia es perfectamente consciente de esta situación y trata de mantener sus respuestas en el ámbito de la contención; están obligados a responder si quieren sobrevivir, pero no hacer nada irremediable, en la idea de que pese al daño que sufren, el tiempo está a su favor.

Occidente acumula fuerzas en una situación de confrontación abierta; la incesante expansión de la OTAN es el hecho más significativo. Lo mismo ocurre al interior de Occidente, en donde los mejores aliados para alimentar la guerra y someter a sus poblaciones son el fascismo y el nazismo, y de ahí su integración político-ideológica.

Fascismo y nazismo han pasado de ser repudiados a ser integrados legal, administrativa y políticamente en los sistemas parlamentarios representativos. Lo hacen bajo el disfraz de extrema derecha; así ocurre en todo Occidente y especialmente en Europa. No solo es el caso de Ucrania; es el caso de Meloni en Italia, Marie Le Pen en Francia y el significativo avance de la coalición fascio-franquista en el estado español.

Al mismo tiempo, socialdemócratas y liberales progresistas, son etiquetados de extrema izquierda. Un reagrupamiento que intenta cerrar un espacio político, que no contempla la existencia político-ideológica de quiénes nos situamos al lado izquierdo de esas formaciones, de quienes consideramos la pertinencia de la lucha de clases, la necesidad de una conciencia crítica, la soberanía e independencia de los pueblos y la necesidad de luchar para lograr esas conquistas. Por todo ello somos etiquetados cómo radicales, violentos, próximos al terrorismo.

La lógica descrita no se detendrá y aunque no conozcamos un desenlace previsible, lo cierto es que tiene un tiempo limitado para ese desenlace; pasado ese tiempo, no hay marcha atrás.

Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, está inmerso en una crisis estructural de la que el actual colapso financiero ha puesto en evidencia solo una parte. Las previsiones del Banco Mundial son que en el próximo año Estados Unidos decrecerá en un - 0,5%, mientras que China crecerá a un ritmo del 5 al 5,5%. La periferia se reorganiza, se fortalecen sus alianzas y la desobediencia se propaga. La pregunta es pertinente: ¿Cuánto tiempo hace falta para que Estados Unidos y Occidente pierdan el control del mundo de forma irreversible? Poco, apenas unos años, según valoran acreditados analistas.

La única manera de evitar su pérdida de hegemonía e impedir que la periferia emerja, es destruir y desmembrar a Rusia, apoderarse de ella y enfrentarse y derrotar a China, en tanto que el auge del fascismo y el nazismo permita someter a las poblaciones y continuar una guerra en cualquier lugar del mundo, bajo cualquier excusa, para continuar el saqueo, seguir alimentando al Complejo Industrial Militar y mantener su hegemonía.

Es en esta transición, en la que caminamos hacia una destrucción masiva o al traslado del centro del mundo del Atlántico al Indo Pacífico, es dónde debemos encontrar nuestro espacio de trabajo, fundar las bases de una estrategia que nos permita llevarlo a cabo y encontrar la forma de organizarlo.

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