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La deriva de la izquierda

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La deriva de la izquierda

 

         Los sistemas parlamentarios representativos liberales son hoy la forma más generalizada que el capitalismo impone como modelo que mejor asegura a las élites el control político-institucional. Para afianzar un funcionamiento acorde con sus intereses, han establecido un perímetro fuertemente protegido, para asegurar que, dentro de él, solo estén los que deben estar y no puedan entrar quienes cuestionan su dominio.

         Así mismo, se ha establecido que el antagonismo izquierda-derecha, progresistas y liberales, sea meramente formal, es decir, que no cuestionen en modo alguno el modelo económico político, administrativo y jurídico del orden liberal, un funcionamiento como el de una bisagra, dónde se pueden tomar posiciones incluso antagónicas pero no se puede abandonar el eje de la bisagra, que es lo que vincula y da sentido.

         La izquierda parlamentaria es una forma concreta y específica de organización político social que asume el rol establecido por el capitalismo, independientemente del nombre con que se presente; este requisito es indispensable y quién en algún modo lo vulnere será de una forma u otra excluido o eliminado.

         Son innumerables los casos en que se ha llegado a una violencia extrema para asegurar la fidelidad al capitalismo de dirigentes, partidos y parlamentos, incluso aun cuando se hayan cumplido todos los preceptos formales de la democracia liberal. Recordemos los casos del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebkech en 1919, ordenados y organizados por la socialdemocracia alemana. Los de Salvador Allende en Chile y el del Partido Comunista Italiano en la década de los 70, cuando ante la posibilidad de un gobierno en el que él participara, se recurrió a una cadena de actos terroristas, perpetrados por la “red Gladio”, organizada y entrenada por la CIA y la OTAN, llegando al asesinato del presidente Aldo Moro, dirigente Cristiano Demócrata y partidario del “pacto histórico” con el PCI.

         Las organizaciones socialdemócratas se pueden presentar bajo cualquier nombre: Socialistas, Laboristas, Comunistas, socialdemócratas y otros como Syriza o los Verdes Alemanes. En nuestro caso, Unidas Podemos, Izquierda Unida, el propio Partido Comunista de España, Ezquerra Republicana, entre otros. No solo en Europa, en casi todo el mundo han cumplido este rol exigido para estar dentro del perímetro democrático liberal trazado por el capital.

         La argumentación más frecuente para justificar la contradicción entre un ideario transformador y una práctica conservadora, se centran en el “no hay condiciones” y “mejor si estamos que si no estamos”. Consignas simples, elementales, fáciles de entender que inducen a decir amen. Lo que se deja fuera es un análisis riguroso sobre cómo se crean las “condiciones” y el margen de maniobra que realmente existe en el parlamento si no se cuenta con una base social organizada y movilizada. En los dos casos, si se renuncia a la movilización social y obrera, se consigue librarse del estigma de agitadores violentos y ser aceptados, pero se renuncia a un elemento indispensable para alcanzar logros sustanciales en las reivindicaciones de amplios grupos de la población: defender la independencia y soberanía y concienciar social y políticamente a la población.

         Todo el esfuerzo organizativo y movilizador se emplea en las elecciones, entendiendo que votar es la movilización, que obtener escaños es obtener poder y así el medio, las elecciones, se convierte en objetivo.

         El retroceso constante de las últimas décadas no deja lugar a dudas sobre el papel desmovilizador de estas organizaciones. Como botón de muestra, el cambio de la constitución exigido por Alemania para garantizar el cobro de la deuda sigue ahí, a pesar de contar con el “gobierno más progresista de la historia”: es decir, son cómplices de asegurar el dominio de la lógica del beneficio sobre la lógica de las necesidades.

         Otro tanto ocurre actualmente con la operación especial militar en Ucrania. El fondo del tema no está en las ostentosas declaraciones sobre la libertad, nuestro deber con los pueblos oprimidos y las razones de seguridad y la paz. Lo que es incontestable es que hemos renunciado a nuestra soberanía y aumentado nuestro riesgo en Rota y Morón, que estamos disciplinariamente sometidos a la OTAN y por tanto a los EE.UU., que mientras se reducen las prestaciones sociales se dobla el gasto militar, aplaudimos a los nazis en el parlamento, contribuimos activamente a una escalada belicista que pone en peligro la especie y nos situamos como un objetivo militar prioritario. Por si fuera poco, nada de esto ha sido “democráticamente” decidido. En algún modo hemos vuelto a las aprobaciones por aclamación del franquismo.

         ¿Podemos hablar con rigor de que todo esto es obra de la izquierda? O ¿es que la izquierda no está ahí? Debemos analizar esto con rigor, sin dejarnos llevar por descalificaciones, faltas de respeto o adjetivando innecesariamente.

         La idea de una izquierda parlamentaria, capaz de llevar adelante políticas transformadoras compatibles con el capitalismo, se gestó en el denominado estado de bienestar en Europa, que ahora llamamos el “jardín europeo”.

         Lo primero a destacar es, que, pese a la dinámica descolonizadora de esa época, el saqueo imperialista continuó, las metrópolis occidentales siguieron alimentándose del expolio de la periferia y nutriendo las guerras en todo el mundo.

         El extraordinario impulso que supuso la Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción para la acumulación de capital, se dio al tiempo que una creciente simpatía hacia el comunismo, fundamentalmente de los trabajadores, pero también de otros sectores sociales, impulsada por la extraordinaria demostración soviética de coraje, valor, sacrificio y capacidad de desarrollo científico y técnico.

         La socialdemocracia se pudo ver así investida de una aureola progresista, que, a pesar de sus profundas contradicciones, era capaz de promover reformas y mantener un discurso aceptable para una gran parte de la población de los países desarrollados, y una imagen que vender en los que los que no lo eran. Se creó así el estereotipo de que el parlamentarismo democrático liberal era sinónimo de progreso y desarrollo, y se olvidó y se ocultó que éso se daba en un espacio concreto, en un tiempo concreto, en una coyuntura concreta. El eurocomunismo fue la expresión más clara de esa deriva.     

         La escena cambió con la crisis de los 70 y el advenimiento del neoliberalismo, que puso fin al pequeño margen de maniobra que había tenido la izquierda parlamentaria. En las décadas siguientes, la izquierda integrada en el perímetro de lo admisible pasó a cumplir un nuevo papel, pero manteniendo la imagen, supuestamente progresista, del realismo político, de “alternativa” al parlamentarismo conservador.

         La deslocalización, las privatizaciones, la contracción del papel del Estado y de los servicios públicos, vacían de contenido el reformismo liberal de la socialdemocracia tal y como recogió Tony Blair en su teorización de la “tercera vía”.

         No podemos extrañarnos de que en esas condiciones una gran parte de la socialdemocracia tradicional se redujera drásticamente y en algunos casos desapareciera; el caso más paradigmático es el del Partido Comunista italiano, que pasó de ser una opción firme al gobierno a prácticamente desaparecer.

          En la ultima fase de este periodo, la posmodernidad ha sido la ultima contribución para alimentar esta deriva; individualismo extremo, hedonismo, instantaneidad, fragmentación,  sociedad liquida, son los rasgos mas destacados de esa corriente, urdida y promocionada al servicio de la acumulación de capital, que ha impregnado a una buena parte de la sociedad incluida la “izquierda socialdemócrata”. Lo más terrible del caso, es que incluso lo postmoderno ha filtrado también en organizaciones no socialdemócratas.

         En todo este proceso hay que incluir el sindicalismo y los movimientos sociales, en gran medida orientados y estructurados en torno a las organizaciones políticas socialdemócratas. Como en el caso de los partidos políticos, han sido incapaces de articular la defensa de las reivindicaciones populares y de los trabajadores, asumiendo el mismo papel que las organizaciones políticas.

         En el caso del Estado español se produjo un cúmulo de contradicciones, al coincidir el fin de la dictadura con el inicio del neoliberalismo. Se suponía que el fin de la dictadura abriría un periodo democrático liberal que asignaría un nuevo rol a todo el aparato político institucional y nos acercaría a un modelo próximo al de nuestros vecinos europeos, es decir, al “estado de bienestar”. Sin embargo, el neoliberalismo imponía todo lo contrario.

         La imagen es la de dos engranajes perfectamente sincronizados, pero girando en sentidos opuestos: libertades públicas versus deslocalización y privatización, Ley General de Sanidad y dominio del sector farmacéutico, Ley General de Educación y enseñanza privada y concertada; y así en todos los ámbitos. De la Ley general de la vivienda se llegó redactar en borrador a principio de los 80, pero nunca llego a discutirse. La razón fue que podría ser un impedimento para la especulación inmobiliaria sin límites. Nunca se aprobó una ley general de vivienda, pero si se aprobó el denominado decreto Boyer que sentó las base para la especulación, las burbujas inmobiliarias, los desahucios y ahora los fondos buitres. La reciente ley de vivienda pactada por conservadores y progresistas es la losa del sepulcro de las necesidades de vivienda de millones de personas, al ignorar que en un Estado que cuenta con menos del 2% de vivienda pública, es imposible corregir la tendencia especulativa del mercado inmobiliario y, una vez más, se centra toda la atención en el sector privado.

         Los sindicatos forman parte de esa contradicción: de un lado se aseguró que el espacio sindical estuviera vinculado directamente a las formaciones políticas integradas en el modelo, es decir la socialdemocracia, dificultando o directamente saboteando otras organizaciones históricas como la CNT, porque se consideraba que nunca formaría parte de la socialdemocracia.

         En el caso de los sindicatos, se pusieron todos los medios para asegurar que cumplieran con el papel integrador que debían cumplir; por un lado, se les suministraron todos los recursos necesarios; infraestructuras, recursos económicos, presencia pública, social y política y una suerte de monopolio: sindicatos mayoritarios cómo interlocutor privilegiado del poder. Por otro, se impulsó su transformación, de la reivindicación a la gestión, con medidas tan singulares como el decreto de vivienda de 1988, dónde se establecían las bases para su participación en el mercado inmobiliario, lo que daría lugar a la macro estafa de la cooperativa PSV, la inmobiliaria de UGT. Pero sobre todo, su papel aceptando las sucesivas reformas laborales, que han minado paso a paso los derechos laborales hasta el punto de que, como decía un abogado laboralista: “ Ya no hay derechos que defender”:

         El tercer aspecto y el más importante desde el punto de vista político, ha sido el modo en el que el poder ha utilizado esas capacidades: la desmovilización laboral y social. Son innumerables los conflictos en los que los sindicatos mayoritarios se inhiben o se manifiestan abiertamente en contra, promueven la paz social como un bien común, ignorando la naturaleza de la lucha de clases, al tiempo que una y otra vez repiten gestos y construyen imágenes de su carácter progresista. Por último y lo más esencial, preconizan que el capital es el que crea trabajo y renuncian a defender qué es el trabajo el que crea capital.

         Casi cinco décadas de neoliberalismo han construido una nueva imagen política, nuevas formaciones han hecho acto de presencia y en muchos casos han llegado al poder, de forma generalizada en Europa; se trata de formaciones filo nazis o filo fascistas.

         El periodo de transición hacia un nuevo Orden Mundial o hacia la destrucción masiva de este mundo tiene como actores destacados el autoritarismo y el totalitarismo; este cambio se ha producido renovando y blanqueando el fascismo y el nazismo clásico, que nunca fueron erradicados del territorio europeo. Amén del gigantesco episodio de control social que ha significado la pandemia del COVID 19.

        Para meter dentro del perímetro del parlamentarismo liberal a las formaciones nazis y fascistas era necesario blanquear su imagen y se ha hecho por dos vías. De una parte, una vez más, manipulando el lenguaje: ya no se habla de nazis y fascistas, se habla de extrema derecha, cobertura mediática suficiente para homologarlos como demócratas. Por otra la complicidad de todo el espectro parlamentario que acepta, convive y no denuncia el carácter delictivo y criminal de estas formaciones. No es algo nuevo: Fraga Iribarne, ministro franquista bajo cuyo cargo se produjeron varios asesinatos a manos de los cuerpos de seguridad del estado y que durante toda su vida siguió enalteciendo el franquismo, fue defendido por la izquierda parlamentaria como un indiscutible demócrata.

         Este es el panorama y ante esa realidad ¿Qué alternativa debemos impulsar? ¿Cómo construir los cimientos de una alternativa real? ¿Cómo hacerlo sin recurrir a la nostalgia del pasado? En definitiva, cómo superar lo que hoy parece imposible.

 

C.E.C.O.B.

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